Y ahora a otra cosa.
Habrá que transitar de nuevo por entre los amaneceres mortecinos del recuerdo,
subir las escaleras porque en el piso de arriba tengo la cama de matrimonio que
nunca visitaste, dormir en ella para que los terribles sueños de la vigilia
dejen de atormentar a este delicado corazón sin alma. Subir a la biblioteca,
sentarse a leer un libro, salir a esos mundos de ficción en el que solo eres un
observador y no se te puede tocar; en definitiva, estar fuera de la ruleta de la
vida, al otro lado de los otros, no vaya a ser que te toque algo de la sangrienta
lotería de los demás, o que vuelvan a poner la mentira en el pedestal de la
verdad, por ejemplo, y camines por la vida como vas ahora, con el espejo los
adentros roto en mil pedazos. Y ahora a otra cosa, a esta vida de viejo que
pasea todas las mañanas a su perro, a esta vida de viudo de pueblo en soledad
que es todo del ayer y que mora en el puente del absurdo, como aquella cantante
calva, que ni era cantante, ni era calva. Toca practicar los diálogos
inconexos, el estar cerca de los otros y no llegar nunca a comprenderlos, el dormir
con un fantasma come hombres, por ejemplo: entrar en la tragedia del lenguaje,
en la fragmentación del lenguaje, y tocar fondo, asentarse en la sílaba suelta
carente de sentido. Y luego preguntarle a Ionesco si realmente es la
comunicación incorrecta la culpable de todo, o simplemente que la palabra en
realidad no tiene valor alguno, pues lo mismo es el te quiero de verdad, que el
te quiero del engaño.