En Santa de la Sierra tenemos un dragón cuernatronante, ya sabéis, de los de la clase rastreadora, el del cuerpo redondeado y el cuello grueso cubierto de grandes placas, el de las alas grandes y gruesas, como sus patas y su cola terminada en forma de mazo alargado con pinchos pequeños, el del hocico corto con un asta nasal fino y curvado hacia adentro color rojo. Sus ojos son pequeños y amarillos, y en su mandíbula inferior, más grande que la superior, tiene un redondeado grueso y corto estilete, también rojo, que se curva igualmente hacia adentro. Su tamaño es mediano, sobre los dos metros y medio de altura, y la envergadura de las alas extendidas se va hasta más allá de los diecinueve mil seiscientos ochenta y cinco pies. Vive los más de sus días tranquilo, dormitando todo el rato, metido en su cueva, la que tiene la entrada cerca del pozo que alimenta el otro pozo, el de las aguas milagrosas, dentro de la vieja iglesia conventual; vive ahí, sí, en la profundidad de la caverna que está cuajadita de pasadizos estrechos y cámaras angostas. Dice mi amiga Tesli, ya sabéis la que todo el mundo cree que es bruja por lo del pelo rojo y los ojos verde mar, que la cueva se hunde en la tierra hasta los ocho metros de profundidad, con sus estalactitas y estalagmitas incluidas, que se alarga y estira abarcando todo el ancho y largo de debajo del pueblo, y que hay una angosta puerta que accede a la sacristía de la iglesia románica. Y que es por ahí por donde el dragón sale a la plaza transmutado en Arwen, las noches de luna de sangre, en busca de varón. El dragón atiende por el nombre de Aiss.