Mi padre, Juan Solano Ruiz, nació aquí, en Santa de la
Sierra, el miércoles veintisiete de abril de mil novecientos veintisiete, el mismo
día en el que en Chile el general Carlos Ibáñez del Campo, vicepresidente
de la República, funda la organización policial Carabineros de Chile, el mismo
día en el que nació la escritora y activista estadounidense Coretta Scott
King, la que iba a ser líder de la comunidad afroamericana, el mismo día también
en el que vino al mundo el famoso político americano John Joseph Moakley. Corría el ciento diecisiete día del año según el
calendario Gregoriano. Era pues de signo Tauro y como tal un hombre que le gustaba mantener siempre los
pies sobre la tierra, con una paciencia amplia que, como todos, tenía un límite
muy determinado: todo en su sitio, nada fuera de lugar. Era leal con sus amigos,
y terco, terco como una mula; también hedonistas, y por ello siempre buscaba lo
más bello, lo que le proporcionara placer en primera instancia. No era
romántico, pero sí sabía conquistar y llevar a la gente a sus intereses.
Materialista hasta tal punto que conectar con su lado espiritual no era algo
fácil, parece que estuviera siempre en hacer y tener cosas. Le gustaba la buena
mesa, ir a diario como un pincel, y de vez en cuando, que la economía de un emigrado
llegado a minero no daba para más, salir a cenar con toda la familia, a casa de
El Roxiu, la única taberna de la Cuenca Minera de Langreo que tenía sidra y
huevos cocidos todos los días, o a la Casa del Pueblo, el restaurante para
pobres de la UGT. Los primeros días de su vida estuvieron marcados por la
sencillez de un niño de pueblo que crece en una postguerra de palo y zanahoria.
Era de los que, ya en tiempo de bracero, iba a la plaza del pueblo a ver si
caía un día de mal sueldo y mucho sudor, de los que hacía cola para el chusco; finalmente,
de los que ya de casado subía a la sierra a ver si caía algún conejo para
vender a la Tía Marieta y poder con ello pagarse del llenado de la petaca y el papel
de liar.
_ Crónicas de Santa _
Para un día como hoy vivía el enamorado de la lluvia, Fede, el niño bueno que no quería que mamá se enfadara con él y que lloraba en la oscuridad de su cuarto, en la siesta, anhelando verla. Le gustaba estar en la cama, a lo calentito, en tanto que afuera el mundo se iba limpiando de tanto aire contaminado y tanta tierra en suspensión. Son las siete y catorce minutos de la mañana de este trece de noviembre, jueves. Es de noche todavía. Y llueve. Y el tamborileo del agua en los canalones de plástico del patio interior es lo suficientemente fuerte como para despertar a cualquiera. Y la bombilla de la sala de cine en casa, una de casquillo E14, se ha fundido. He buscado por toda las estancias y no tengo ninguna de repuesto, así que habrá que comprarla, coger el coche, arriesgarse a salir al mundo de la carretera. Esto tiene vivir en un pueblo de menos de doscientos habitantes, que no hay nada, y que para casi todo tiene uno que ir al de al lado que es más grande y tiene catedral, una plaza con estatua ecuestre que recuerda las migraciones al Nuevo Mundo, y un magistral alto y delgado, de nariz romana y frente despejada, del que todas las beatas, en lo más escondido de sus corazones desde luego, andan un poco enamoradas; que no se llama Fermín de Pas, como el de la heroica ciudad de Oviedo, pero sí da unas prédicas que ya querría el mismo obispo para sí. Aquí solo la iglesia románica y sus soportales cerrados con mallas de portería de fútbol, que los muchachos se meten a jugar en él y lo llenan todo de cáscaras de pipas y cacahuete. Me sigue doliendo la cabeza y las articulaciones, por la gripe que voy mal sobrellevando. Tengo una pastilla antitusiva en la boca. Estoy en pijama, y oigo al lluvia al otro lado de la ventana, como Fede, como el niño del cuento que me premiaron cuando tenía dieciocho años. Aún recuerdo aquella primera vez que mi nombre salió en los periódicos regionales, y yo me sentí escritor, hace ya de esto medio siglo. ¡Cómo pasa el tiempo!
Hola, todavía me llamo Nela de Santiago, tal y como me puso mi último dueño. Puede parecer un nombre pretencioso, que llevar la preposición de delante del apellido es cosa de gente de alcurnia; pero una es tan poquita cosa que ni siquiera tiene derecho a decidir cómo quiere que le llame la gente. Estoy otra vez de vuelta en la perrera, esta es la segunda vez que me dejan a mi suerte, en una celda que comparto con un chucho de los bajos fondos, un macho mal encarado y tuerto que no hace otra cosa que gruñir y gruñir, como si con ello pudiera arreglarlo todo, a la espera de una nueva adopción. Soy una podenca española de cinco años y mi experiencia con los humanos no ha sido del todo satisfactoria. No sé, a lo mejor es que yo le pido mucho a la vida, pero me gustaría tener una familia estable con la que compartir el resto de mis días. Y no pienses mal, querido lector, que te veo venir. Ni Alicia Giménez Beltrán, la docente octogenaria que me dio el biberón y me cuidó como una reina hasta que no pudo más, ni Fernando Lambrusco Falcó, que a punto está de entrar en la séptima decena de edad, son malas personas. Las malas personas no adoptan perros, que para ello hay que tener un tanto muy grande de empatía como mínimo, o un corazón enamorado, que es el caso de Fernando. Pero dejémonos de conjeturas y centrémonos en el asunto de este escrito. Nando, que así le llaman los otros humanos, es un hombre cariñoso que no desdeña la sonrisa y que puede llegar hasta la carcajada, siendo él como es una persona tendente a la melancolía. Me tomaba en brazos como si fuera su bebé, me acariciaba la panza y me contaba todas sus penas. En los cuatro meses que he convivido con él, le he visto llorar más de una vez, y le he oído santiguarse, y rezar, y pedir incluso por los que menos aprecio le tienen, que enemigos no le conozco. Es una persona que se ve que ha vivido una vida buena y que ahora anda un poco descolocado. Sufro por él porque se siente muy solo. Ojalá que la vida le sea propicia y encuentre lo que yo también busco: una familia llena de amor en la que poder ser feliz.
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