“Sal de mi vida, que yo no estoy enamorada de ti”, dijo mi pareja con ese timbre de voz propio de una orden militar. Y se quedó inmóvil, mirándome fijamente a los ojos, con una dicción instalada en el asco innegable, como si estuviera soportando la visión de una cucaracha pasearse a sus anchas por la rebanada de pan untada de mermelada para el desayuno, la mano izquierda en jarra, la derecha señalando la puerta que da a la calle de la vivienda, el dedo índice extendido y rígido, imperativo, en el zaguán, bajo la lámpara de caña y papel: la bombilla apagada. Estaba en bata, las zapatillas de proa con cara de conejo, en los pies desnudos, el pelo revuelto tras una noche de insomnio, con unas ojeras vasculares bien marcadas. Bajo la bata y hasta las rodillas, un pantalón de pijama de fondo blanco salpicado con caritas en tonos de gris de Mickey Mouse. Yo no podía creer lo que pasaba. Noches atrás ella había venido a mi cama, desnudita del todo, buscando algo más que calor humano, con ese brillo inconfundible del apremio del deseo sexual barnizándole la mirada. Me había hecho el amor con la vehemencia de los que saben que van a morir: salvajemente. Luego me dijo “perdona, que solo pienso en mí”. Y volvió a su lecho, al otro lado de la casa. Esto de los amores contrariados es cosa muy personal.
_ Crónicas de Santa _
Mi padre, Juan Solano Ruiz, nació aquí, en Santa de la
Sierra, el miércoles veintisiete de abril de mil novecientos veintisiete, el mismo
día en el que en Chile el general Carlos Ibáñez del Campo, vicepresidente
de la República, funda la organización policial Carabineros de Chile, el mismo
día en el que nació la escritora y activista estadounidense Coretta Scott
King, la que iba a ser líder de la comunidad afroamericana, el mismo día también
en el que vino al mundo el famoso político americano John Joseph Moakley. Corría el ciento diecisiete día del año según el
calendario Gregoriano. Era pues de signo Tauro y como tal un hombre que le gustaba mantener siempre los
pies sobre la tierra, con una paciencia amplia que, como todos, tenía un límite
muy determinado: todo en su sitio, nada fuera de lugar. Era leal con sus amigos,
y terco, terco como una mula; también hedonistas, y por ello siempre buscaba lo
más bello, lo que le proporcionara placer en primera instancia. No era
romántico, pero sí sabía conquistar y llevar a la gente a sus intereses.
Materialista hasta tal punto que conectar con su lado espiritual no era algo
fácil, parece que estuviera siempre en hacer y tener cosas. Le gustaba la buena
mesa, ir a diario como un pincel, y de vez en cuando, que la economía de un emigrado
llegado a minero no daba para más, salir a cenar con toda la familia, a casa de
El Roxiu, la única taberna de la Cuenca Minera de Langreo que tenía sidra y
huevos cocidos todos los días, o a la Casa del Pueblo, el restaurante para
pobres de la UGT. Los primeros días de su vida estuvieron marcados por la
sencillez de un niño de pueblo que crece en una postguerra de palo y zanahoria.
Era de los que, ya en tiempo de bracero, iba a la plaza del pueblo a ver si
caía un día de mal sueldo y mucho sudor, de los que hacía cola para el chusco; finalmente,
de los que ya de casado subía a la sierra a ver si caía algún conejo para
vender a la Tía Marieta y poder con ello pagarse del llenado de la petaca y el papel
de liar.
Para un día como hoy vivía el enamorado de la lluvia, Fede, el niño bueno que no quería que mamá se enfadara con él y que lloraba en la oscuridad de su cuarto, en la siesta, anhelando verla. Le gustaba estar en la cama, a lo calentito, en tanto que afuera el mundo se iba limpiando de tanto aire contaminado y tanta tierra en suspensión. Son las siete y catorce minutos de la mañana de este trece de noviembre, jueves. Es de noche todavía. Y llueve. Y el tamborileo del agua en los canalones de plástico del patio interior es lo suficientemente fuerte como para despertar a cualquiera. Y la bombilla de la sala de cine en casa, una de casquillo E14, se ha fundido. He buscado por toda las estancias y no tengo ninguna de repuesto, así que habrá que comprarla, coger el coche, arriesgarse a salir al mundo de la carretera. Esto tiene vivir en un pueblo de menos de doscientos habitantes, que no hay nada, y que para casi todo tiene uno que ir al de al lado que es más grande y tiene catedral, una plaza con estatua ecuestre que recuerda las migraciones al Nuevo Mundo, y un magistral alto y delgado, de nariz romana y frente despejada, del que todas las beatas, en lo más escondido de sus corazones desde luego, andan un poco enamoradas; que no se llama Fermín de Pas, como el de la heroica ciudad de Oviedo, pero sí da unas prédicas que ya querría el mismo obispo para sí. Aquí solo la iglesia románica y sus soportales cerrados con mallas de portería de fútbol, que los muchachos se meten a jugar en él y lo llenan todo de cáscaras de pipas y cacahuete. Me sigue doliendo la cabeza y las articulaciones, por la gripe que voy mal sobrellevando. Tengo una pastilla antitusiva en la boca. Estoy en pijama, y oigo al lluvia al otro lado de la ventana, como Fede, como el niño del cuento que me premiaron cuando tenía dieciocho años. Aún recuerdo aquella primera vez que mi nombre salió en los periódicos regionales, y yo me sentí escritor, hace ya de esto medio siglo. ¡Cómo pasa el tiempo!
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