Llegamos a Santa de la Sierra por la calle del cementerio, sobre las cuatro de la tarde, y todas las puertas de todos los hogares estaban cerradas. Era el otoño y los campos se encontraban todavía cubiertos con la paja dorada del verano que empezaba a internarse en la podredumbre. Las encinas dejaban caer las bellotas, verdes las más de ellas; aunque también había algunas con ese característico color achocolatado: todas amargaban. Dimos tres aldabonazos a la puerta de la hospedería Ñuflo de Chaves, pero nadie nos abrió. A las cinco de la tarde empezó a llover con fuerza, una lluvia de gotas gruesas que creaban una cortina como de escarcha y pintaba las dos alturas de la sierra con una luminosidad blanquecina parecida a la niebla. A falta de otra cosa, nos refugiamos en los soportales de la iglesia. Nos sentamos bajo la arcada, en los asientos de piedra que estaban fríos y duros, como la misma naturaleza. La puerta de la iglesia también estaba cerrada. No había nadie en la plaza, nadie en las calles, parecía que no hubiera alma alguna en el pueblo, tal el silencio de muerte que campaba a sus anchas por doquier. Solo un viento helado de poniente, intentando burlar las esquinas, ponía un ulular antiguo y lastimero en el presente. Nos quitamos las botas y los calcetines para aliviar en lo posible la dureza del camino, secamos el sudor frío de los pies y aplicamos una generosa capa de betadine. Entonces, lo vimos, en medio de la plaza, empapado por la lluvia. Aiss, el dragón, lloraba.