El dragón no nos había visto, miraba sobre todo hacia los soportales del sur de la plaza, los del antiguo Casino, los que otrora poseyó la taberna en la que los principales de la tierra se bebían las almas y la hacienda de los braceros sin pan, aconsejados siempre por la codicia sin nombre de Doña Fernanda, la más de los que más; hacia la penumbra de los soportales del actual Centro de Interpretación. Y, como punto y final, hacia las sillas y las mesas de la terraza del bar de Pedro. Por sus profundos y lastimeros silbidos serpentinos y por las inconexas palabras que pronunciaba supimos que lloraba por la decepción que una mujer pelirroja de ojos verdes, de excelsa cuna italiana, le había inyectado en el corazón; de ahí que sus duras escamas mostraran esa blandura de la cera cara al fuego y ese color añil propio del mal de amores. Y también porque de sus ojos bajaba un río de lágrimas del color de la mora. Luego Aiss, que así se llamaba el dragón, sabiendo que nuestra cuadrilla era solo de varones, y en cuanto olió el sudor de nuestros cuerpos de peregrino, mutó en mujer. Vino con la parsimonia de quien tiene la Eternidad tendida a sus pies, lento paso de amazona imperecedera, desnuda y bella, bajo la lluvia, sin un temblor, con la elegancia de saberse el centro del mundo del deseo. Vino hasta el que esto escribe y depositó en sus labios un beso de enamorada que parecía de verdad. La saliva tenía el olor y el sabor de Ginebra, la esposa del rey Arturo, a quien en otro tiempo visité. Pero el efecto sobre mi cuerpo fue devastador: la llama lamiendo y quemando todos y cada uno de mis sentidos.
