Mis sentidos son como los de un dragón recién nacido. Están orientados todos ellos hacia la supervivencia. De ahí que si me molestas puedo atacarte con un aliento de fuego, o de ácido, lanzarte un cono de hielo, o de gas, e incluso, en situaciones límite, producir un rayo eléctrico que te chamuscará algo más que las cejas de la cara. El clavarte las garras con que cuentan mis manos y mis pies lo dejo para los momentos más críticos, como el uso de los colmillos, que solo utilizo para dar el toque de gracia final a los incautos y los temerarios. Patearte, azotarte con las alas y con golpes de cola son recursos extremos que he usado solo en contadas ocasiones, cuando me va la vida en ello, como por ejemplo en la noche de intercambio de prisioneros en la guerra de la antigua Yugoslavia. Esa noche, después del brutal arreglo del número de personas a canjear – un bando traía ciento treinta y seis almas, otro ciento treinta y cinco, y para igualar, a sangre fría, liquidaron de un tiro en la nuca a un pobre muchacho de no más de dieciocho años -; esa noche, digo, ante el infraganti crimen de guerra presenciado, se me vino toda la ira de golpe, armé la doce setenta y disparé hasta agotar munición: mi alma de dragón pateaba, azotaba las alas y la cola como si me fuera, que así era realmente, la vida en ello. Porque el casco azul que llevaba en la cabeza no me iba a librar de la decrepitud moral que la guerra había sembrado en lo más hondo del corazón humano. Y ahora, tanto tiempo después, escribo esto para no olvidar que, aunque no queramos reconocerlo, el hombre sigue siendo un lobo para el hombre.