Nela vino anoche a mi dormitorio con la cara contraída por el miedo y me despertó. Eran las tres de la madrugada. Había tormenta sobre los cielos de Santa de la Sierra y alrededores. Los truenos, aunque en lontananza, sobre las casas de Ibahernando seguramente, o La Cumbre, o Trujillo, o Herguijuela, llegaban con una potencia superior a los setenta decibelios. Me puso sus patas delanteras sobre la cama y las movió con insistencia hasta que abrí los ojos. ¿Qué pasa Neli?, pregunté. Tenía la lengua fuera y jadeaba como cuando salimos por la mañana y al atardecer, y corre y huele la tierra buscando ese rastro de los otros perros, y se apura en marcar su territorio. Enseguida un relámpago, y un trueno. La ropa, dije. Me puse las zapatillas y corrí. Había dejado tendidas en el patio las sábanas de la cama del piso de arriba, un pijama, un par de calzoncillos, y una toalla grande, de las de baño. Había llovido poco, pero lo suficiente como para que todo estuviera húmedo. Miré el cielo y vi la luna menguante, y el lento paseo por el cielo estrellado de unas nubes sin lluvia. No las retiré, las dejé tal cual. Entré en la cocina, abrí la nevera, saqué una morcilla patatera, una lata de cerveza, y me puse a comer y a beber. El aire traía el aroma de la parva mojada. Había un silencio espeso, una quietud aplastante. Podría ser el único ser vivo consciente del planeta, y nadie se habría dado cuenta. Y ahí se me vino toda la soledad y toda a tristeza de golpe; sin el consuelo de las lágrimas desde luego.
