Ayer, mientras daba el paseo de la tarde con Neli, escribí en la aplicación Notas de mi Iphone lo siguiente: “Ya no quiero seguir contando la historia de lo que me hiciste, quiero contar la historia de lo que estoy construyendo. Ya no soy la víctima de lo vivido contigo, soy el hombre que transformó su dolor en fuerza para levantarse y seguir adelante pese a tus mentiras, pese a tus traiciones, pese a la estafa de los miles de euros que supone el que tú hoy ya no quieras nada conmigo, este hombre que empieza ahora a olvidarse de ti para y por siempre”. En esto de las dolencias de los amores contrariados hay momentos para todo, como ocurre también con la muerte de un ser querido, una esposa, por ejemplo, o un padre o una madre. En estos días está uno como en una noria, con un punto glacial, cuando estás abajo del todo, en el inframundo, y un punto abrasador, cuando estás arriba, con el sol de la mentira lamiéndote lo que queda de humano en ti, en un vaivén continuo que parece no tener fin. Es aquí donde uno se da cuenta de que no le queda otra que seguir viviendo, a pesar de todo, aunque uno no quiera; que el tiempo no se detiene por nada ni por nadie, que todo está consumado y solo quedan las nubes cubriendo el azul del cielo, y el estruendo del rasgado del velo del templo, a lo lejos, en la lontananza de un horizonte venido a menos. Solo queda, mirar a lo alto, hacia los lugares místicos, y repetir las palabras del Maestro de maestros: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y abandonarse al tránsito; porque en una vida hay muchas muertes.
Ayer, mientras daba el paseo de la tarde con Neli, escribí en la aplicación Notas de mi Iphone lo siguiente: “Ya no quiero seguir contando la historia de lo que me hiciste, quiero contar la historia de lo que estoy construyendo. Ya no soy la víctima de lo vivido contigo, soy el hombre que transformó su dolor en fuerza para levantarse y seguir adelante pese a tus mentiras, pese a tus traiciones, pese a la estafa de los miles de euros que supone el que tú hoy ya no quieras nada conmigo, este hombre que empieza ahora a olvidarse de ti para y por siempre”. En esto de las dolencias de los amores contrariados hay momentos para todo, como ocurre también con la muerte de un ser querido, una esposa, por ejemplo, o un padre o una madre. En estos días está uno como en una noria, con un punto glacial, cuando estás abajo del todo, en el inframundo, y un punto abrasador, cuando estás arriba, con el sol de la mentira lamiéndote lo que queda de humano en ti, en un vaivén continuo que parece no tener fin. Es aquí donde uno se da cuenta de que no le queda otra que seguir viviendo, a pesar de todo, aunque uno no quiera; que el tiempo no se detiene por nada ni por nadie, que todo está consumado y solo quedan las nubes cubriendo el azul del cielo, y el estruendo del rasgado del velo del templo, a lo lejos, en la lontananza de un horizonte venido a menos. Solo queda, mirar a lo alto, hacia los lugares místicos, y repetir las palabras del Maestro de maestros: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y abandonarse al tránsito; porque en una vida hay muchas muertes.
