La noticia corrió como la pólvora por Santa de la Sierra. El abad que regía el convento de los agustinos con mano de hierro, que incluso le dictaba el orden del día al párroco del pueblo, - Don Marcial, un mañico venido a menos tras una desafortunada historia de faldas de nobleza probada -, quien incluso se atrevía a indicar a la familia de los Chaves, dueños de toda tierra y toda alma en la comarca, qué sí y qué no convenía, eso sí con una sutileza que ya quisiera el mismo demonio, había sido secuestrado por una de las cuadrillas del bandolero Juan Sierra, quien tenía como punto central de sus dominios la sierra de Garciaz, y que campaba a sus anchas por doquier ante la pasividad manifiesta de los guardias de asalto, que las más de las veces miraban para otro lado en vez de actuar. Iba con la noticia una serie de detalles ciertos, (como que lo sacaron en el silencio de la noche sin que ningún hermano del convento se diera cuenta, como que lo ataron de pies y manos y le sellaron la boca con un mordaza, como que lo subieron a las ancas de un mulo como si fuera un saco de trigo), y unidos a estos, otros que cada nuevo relator o relatora añadía de su cosecha. Cuando llegó el relato a los oídos del obispo, quien debía de resolver las exigencias de los malhechores, había de por medio más de un muerto, alguna que otra trifulca entre los aldeanos y los asaltantes, y una petición por parte de los bandoleros que nunca jamás podría ser satisfecha: el Lignum Crucis que custodiaban los monjes agustinos no era moneda de cambio.
