Leo esto que se sigue en algún lugar de Youtube: “Se acabó. Ya no espero nada de nadie. Quien me piense, que me escriba. Quien me extrañe, que me busque. Quien me quiera, que lo demuestre. Así de simple”. Esta opción de vida, quedarse quieto y mudo ante el mundo, en la tensa espera sin fin que la amargura propone, no es tal, no es una opción válida, es un momento de terror existencial que el tiempo irá demacrando, una tela que las horas irán con toda seguridad deshilachando. Parece escrita por una persona que ha sufrido un revés de carácter amoroso y está en caída libre, es decir que sigue en un pasado que ya no es y que con toda probabilidad no será ya nunca más. Lo veo así porque sé que mientras hay vida nada termina del todo, siempre queda un rescoldo que da calor y duele a la vez. Hace ya más de diez lustros me llegó una carta de la que era mi novia de entonces comunicándome que no quería seguir con nuestra relación. Yo en la mili, precisamente aquí en Cáceres, en el cuartel que había en Plasencia, ella en una aldeíta cerca de Infiesto, sola, en la crítica edad de los veinte y muchos años. Me sentí así, lleno de rabia e ira contra el mundo, contra todo lo que se moviera. Viajé muchos kilómetros para oír de sus labios la verdad de las mentiras que había mantenido durante los tres años de noviazgo. Aquellos ojos me miraban con tristeza, los ojos de Marichu eran un triste poema de despedida, aquella boca articulaba todas y cada una de sus palabras con pesar, aunque la resolución fuera firme y nada ni nadie la pudiera voltear. Estábamos sentados de espaldas al río Mon, que bajaba como siempre, indiferente al corazón humano, camino de su destino, allá lejos, donde la mar tiende su lengua sobre la tierra.