El obispo de Plasencia, Reverendísimo Sr. D. Jesús
Evaristo Anteaga Broy, conmovido por el secuestro del abad y asustado por la fatalidad
de que se sustrajera el Lignus Crucis, y estando en eso de que la mancha de la
mora con otra verde se quita, envió a Santa de la Sierra nada menos que al
bandolerito convertido de corazón enamorado, es decir a Bernardo Corto Pastora,
el que trabajó de mozo como jornalero en las fincas del alcalde de Malpartida
de Cáceres y del terrateniente cacereño Don Alfonso Vagista, y luego se echó al
monte y se convirtió en uno de los mejores salteadores de caminos de la ápoca,
y sin duda en el mejor ladrón de ganado de la comarca. Eran los días de Corto
Pastora en que gozaba de inmunidad ante la ley a cambio de convertirse en guardaespaldas
personal de obispo y responsable de las tierras de la diócesis.
Llegó a Santa
de la Sierra de madrugada, antes de que las claras del día se insinuaran, acompañado
de tres rostros consumidos, de barba sin afeitar y miradas sombrías, de El Jaro
de Villatobas, el de Toledo, el de la navaja de siete muelles y hoja de veinte
centímetros, degollador profesional, de Luis Candelas, el de Madrid, más aficionado
a las armas de percusión y chispa, de gatillo fácil, de esos que disparan
primero y luego preguntan, y de Pablo Santos, el bandolero de La Pedriza, del
que contaban que podía estar y no estar a la vez en un sitio, o dejarse ver en
una calle en la que nunca había estado: una sombra sin nombre. Traían un
mandado inequívoco: instalarse en Santa de la Sierra, custodiar la reliquia, y
en ratos libres ir disolviendo la banda de Juan Sierra.