Lo primero que hizo Bernardo nada más traspasar la puerta de entrada al convento que utilizaba el común de los mortales para el trato con los monjes, la de doble hoja de la iglesia conventual solo se abría en contadas y excepcionales ocasiones, que entonces estaba en la fachada este y que tras un pequeño rellano se abría por un lado al despacho del pan y por otro a los talleres de herrería y carpintería, fue apropiarse de tres celdas contiguas en la primera planta, una para disfrute personal y puesto de mando, otra para el descanso de sus hombres, y una última como caja fuerte para el Lignum Crucis, las tres pegadas a la pared de la iglesia conventual, todas ellas con una única puerta con cerradura de vuelta y media y un ventanuco cara a la sierra por el que apenas pasaba la luz del día. La reliquia se introdujo en un arcón anclado a la pared con correas de piel de vaca y se introdujo en él ropa de cama y otros objetos religiosos de aparente valor como distracción. Ambas llaves, la del arcón y la de la puerta de la celda-caja-fuerte estaban siempre en manos de Bernardo. Además puso centinela armado veinticuatro horas, y todos los días se hacían tres inspecciones oculares de la estancia y del contenido del interior del cofre, siempre en horario dispar por aquello de que la mejor seguridad es la imprevisibilidad. A las diez de la mañana, tras presentar sus credenciales eclesiásticas a la familia de los Chaves, los señores de la tierra, bajó al ayuntamiento y le pidió al alcalde, trabuco en mano, que debía relegar de sus funciones a los guardas del pueblo y ponerlos a su disposición. No hubo problema alguno, que los títeres de paja tienen esas cosas; tampoco cuando declaró la ley marcial y emitió un bando en el que se impedía a cualquier alma moverse por el pueblo entre la puesta de sol y el amanecer. Mi abuelo Juan Francisco contaba todas estas cosas con el corazón roto por la ira. Él era el guarda del pueblo, otras eran sus funciones, no un sayón de los malditos monjes, y menos un pistolero cualquiera a las órdenes de un desalmado como Bernardo Corto Pastora de quien se decía que no solo era guardaespaldas del obispo, que había canela entre ambos.