Es tarde de domingo. Son ya las seis y treinta y cuatro. Veo nubes negras en lo alto que el sol tiñe del color de la teja nueva. No hay ni un solo pájaro en las antenas, no como otras veces que hay tres o cuatro estorninos negros que en cuanto te ven saltan a lugar seguro, a esos escondidos refugios de las aves de los que nadie sabe. Las golondrinas hace ya tiempo que abandonaron su vuelo rasante sobre los canalones del patio interior. El silencio es absoluto, ni siquiera en lontananza el ruido de fondo de otras veces, el de los motores de los coches de los domingueros volviendo a la capital. 


Acaban de dar las siete en el reloj de la iglesia y ya es de noche. Enciendo la bombilla para poder ver el teclado del ordenador en el que escribo. Cargo todo el día con dolor en la zona occipital, como si llevara una diadema muy apretada, un dolor que ni los dos analgésicos de un gramo que me he tomado pueden aliviar. La sensación es la del escozor de un hilo de cobre candente. Estoy vacío, toda el agua de la vida se me ha ido tubería abajo, hacia la laguna de las aguas fecales del alma. Ya no puedo acariciar la suave piel de Nela - es incomprensible que la sola presencia de un animal te reconforte tanto - y decirle que papi está ahora como “Théo Sarapo, el oso de trapo que amaba a una diosa”, que dice la canción. Como él tras la muerte de Édith Piaf estoy sí, sumido en la melancolía, como cuando murió mi Elena, ella también tenía veinte años más que yo, en este cuarto de tristeza profunda, atado a la nostalgia y al recuerdo, en esta desgana y apatía por todo. Ninguna de las películas ni series del servicio de streaming que tengo contratado me distrae, nada ni nadie hay en esta adversa hora que toca vivir. Bien sabía ella, mi diosa, que no puedo, no debo estar solo. Por eso me aconsejaba que cuando ya no estuviera que buscara otra mujer, que rehiciera mi vida, como si el amor verdadero y por ende la felicidad estuviera tendido al sol esperando que uno lo tome. Nada más lejos de la realidad.