Alina Yaxk'ux Nichim, mi esposa, que así la llamaba nuestro guía tras traducir sus apellidos al tseltal, iba también a la ventanilla, justo detrás de mí, al lado de su hermana Dafne. Dejaba que Nela Patachuc y yo tuviéramos nuestro propio espacio, que nos empapáramos el uno de las historias del otro. Ella me amaba a su manera, y su amor era ofrecerme la libertad para obrar según mi antojo o conveniencia, manteniéndose siempre en un segundo plano, todo ello por elección, como quien está en un observatorio distinguido y privilegiado. Eso sí, no separaba sus ojos de mí, como si temiera que de un momento a otro el mundo se fuera al garete, que la felicidad no es cosa de todos los días. Yo creo que disfrutaba más viendo mi cara de satisfacción ante todo lo que acontecía que con su propia experiencia del viaje. La idea de cruzar el Atlántico fue mía. Yo desde niño, desde siempre quise visitar la zona arqueológica de las pirámides aztecas en México y la ciudad perdida de los incas en Perú. Durante toda mi vida, evocar esos nombres era sentir la necesidad de volver a casa, como si en otra vida u otras vidas hubiera vivido, amado, y muerto allí y la nostalgia de aquellos lares se me hubiera incrustado para siempre en el alma. En México no hubo lágrimas, porque no hay sorpresa, porque ya en la misma ruta con el bus se ve que te vas acercando, que llegas; pero en Perú sí, allí, tras la abrupta subida desde Aguas Calientes en la ancestral tartana que resopla como un animal herido de muerte, tras el descreste que te descubre de pronto la ciudadela incaica de Machu Picchu, tras la agónica espera del cumplimiento que se hizo eterna, las lágrimas vinieron a mis ojos, y las piernas flaquearon. Me tuve que sentar de puro gozo. El guía cuando me vio así, qué cara de pasmado tendría, vino corriendo a preguntarme qué me pasaba, si me encontraba bien, si el mal de altura había hecho presa en mí, que más de uno de la expedición andaba con fuertes dolores de cabeza, con nauseas, con mareos. Le dije que estuviera tranquilo, que no pasaba nada, que había vuelto a casa. Nela Patachuc también soñaba con su casa, con la cascada más grande del planeta a la que por fin habíamos llegado.
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