Nelagualpachatuc, que de aquí en adelante citaré por su nombre de jugador de pelota, Nela Patachuc, iba delante. Bajaba del monumento del Sol sin esfuerzo alguno, como quien va de paseo en un día soleado, no como yo que se me atragantaron todos y cada uno de los treinta y ocho centímetros de alto de los doscientos cuarenta y ocho escalones. Para mi vergüenza y escarnio público los bajé dando saltos más que pasos, a lo canguro australiano. Y es que yo apenas llego al metro setenta, y mis piernas son mucho más cortas que las de él; también porque él era deportista de élite y yo poeta y lector practicante asiduo de la destreza en el uso de la mecedora y la cerveza con patatas fritas. Así que cuando nuestros pies finalmente pisaron la Plaza del Sol, yo ya tenía en mis piernas de qillqaq aficionado el tembleque de un prolongado tiempo de fuerte y excesivo ejercicio físico. Ya me dolían sobremanera los abductores cuando subimos al autobús que nos llevaría hasta el agua, hasta las cataratas más altas del planeta. Iba sentado a la ventana, la camisa entera empapada en sudor, la ventanilla bajada, el pelo ondeando al viento, mirando el paisaje, rastreando el ladrido de los xoloitzcuintle en las tabernas que se alzaban, siempre y sin excepción, allá donde hubiera el punto de sombra de un ahuehuete, o de un tabachín, o incluso de un laurel de la India. También oliendo el óxido del hierro de la tierra recién regada que en ráfagas rápidas y densas entraba en el vehículo proveniente de estos mucho más que muchísimos establecimientos. Cada menos de un kilómetro se abrían a la carretera a la espera del cliente de paso, con su pulque, o su mezcal, o su sotol fresquito. A mí, particularmente, me gusta más la banacora, por su dulzor y su olor a mil flores, e incluso más todavía la michelanda que me recuerda y mucho a la cerveza con limón de las terrazas españolas, eso sí, quitándole lo picante del tajín. Cuando llegamos a destino, no pude bajar el escalón del autobús, tuve que saltar.