Tras las caricias fraternales en el rostro de piedra de la diosa Cihuacoatl, Nelagualpachatuc de Chichén Itzá, que así era el nombre completo del milenario guerrero azteca que me acompañaba, conocido en los juegos de pelota como Nela Pachatuc, y al que os he presentado un poco más arriba en este texto como Nela de Chichén Itzá, llevó sus labios de carne a los labios de piedra de la estatua y los besó. Que un gigante musculoso de dos metros de altura y más de cien kilos de peso tuviera un gesto de ternura tal, no deja de ser cuando menos extraño. Y cómico también, pues la lengua dejó en el rostro de piedra la mancha líquida del beso de un enamorado. Yo no pude contener una verdadera sonrisa Duchenne que él interpretó malamente, de ahí que, tras limpiarse los restos de polvo que el ósculo había dejado en sus labios, me miró de arriba abajo como quien observa la insignificancia de un insecto y dijo: “Por menos de eso he matado yo a muchos hombres”. Yo me guardé rápidamente el gesto, puse mi mano diestra sobre el costado izquierdo, me incliné en una leve reverencia y dije: “Perdona, oh gran guerrero inmortal, la imprudencia y la ignorancia a este pobre poeta soñador del siglo veintiuno”. Él no dijo nada más, solo mantuvo la amenazadora mirada sobre mí durante unos segundos interminables. Seguidamente me retiró los helados ojos color canela y los depositó en la lejanía, en el límite del horizonte, allá en donde el blanco espumoso del agua clareaba el acantilado. “Debemos continuar nuestro viaje, mi tiempo no da para más, he de volver al agua de la que salí para no regresar jamás”, apostilló. Yo entonces no sabía que Nelagualpachatuc había sido resucitado precisamente por la diosa Cihuacoatl tres días después de su muerte en los juegos de pelota, el martes día mueve de septiembre de mil cuatrocientos veintiocho para ser exactos. De la mano de la diosa, que haciendo de tripas corazón se sumergió en las fétidas aguas tras él, salieron los restos calcinados de su cuerpo.