Tras ocho horas de viaje, el autobús finalizó su ruta en los aparcamientos de la gran explanada que hay como a unos doscientos metros del Miradero del Gran Salto del Oeste, el mejor sitio para ver la caída de los ochocientos noventa y siete metros del agua que tienen las cataratas del río Tejo de Tagus. Me di cuenta nada más saltar del bus: Alina, mi esposa, y el inmortal Nela Patachuc, el milenario guerrero azteca, se habían cogido de la mano, como viejos amigos o recién enamorados. Se miraban a los ojos con una intensidad que ya quisiera yo haber vivido con Alina, mi esposa, en los treinta y tres años de bien avenido matrimonio. Me sentí desplazado desde luego, pero no dije nada, los dejé que se adentraran en la senda que se abría sobre un manto de verde yerba que alguien mantenía como si fuera el césped bien cuidado de la entrada a una gran mansión inglesa. Y fui tras ellos como un desconocido turista más del grupo. Dafne, la hermana de Alina, de pronto, en el mismo momento en el que la desesperanza iba enredando mi corazón, me tomó de la mano y dijo: “hay momentos en la vida de los seres humanos que lo mejor es ir de oyente, que a uno le toca no involucrarse en las cosas de los demás, aunque esos demás sean carne de tu carne y sangre de tu sangre”. La miré desconcertado, sintiendo la angustia del peor de los malos sueños latiendo en mis entrañas. Entonces supe, no sé por que enigmático hechizo, que aquello tenía que suceder, que Alina Yaxkúx debía entrar en el mundo de Nela Patachuc y quedarse allí con él para siempre. Cerré los ojos y al abrirlos ya no estaba en México, estaba en Burujón, en la iglesia parroquial, en el primer banco, en la ceremonia final de cuerpo presente que dicen, en la despedida del cuerpo de mi esposa Elena para siempre. A mi izquierda Nela Patachuc se había convertido en féretro abierto y dejaba ver el rostro de mi amada. “¡Qué bien nos lo pasamos en México!”, pensé.
