Aquella noche soñé que volvíamos al estado de Bolívar, en Venezuela, que estábamos arriba del todo de la meseta del Auyantepuy, a unos cuatro metros del borde del Salto del Ángel. El agua que iba a caer en décimas de segundo rugía como un dragón cabreado, tal la velocidad de la corriente. La teníamos a la izquierda y parecía entonar el viejo canto de las sirenas del mar Egeo, las que llevaron a muchos marineros a la muerte en los acantilados y Ulises escuchó atado al mástil de su barco de vela y remo, cuando ya vivía la vuelta a casa tras la guerra de Troya: “ven, goza de lo inefable, salta conmigo, húndete conmigo, cae conmigo, entra en el último y verdadero sueño de lo eterno”, eran las palabras de la canción. Nela Patachuc no dijo esta boca es mía cuando empezó la trasformación, cuando inició la entrada en el último reducto; simplemente soltó la mano de Alina y la licuefacción se hizo visible. Tras la mano suelta siguió el brazo, luego el hombro, y finalmente todo él tomó su forma primigenia de agua: y se fundió con la torrentera del río Kerepacupai. Alina me miró con unos ojos de terror que no olvidaré nunca, como si supiera que era el verdadero final y que no entendía por qué le pasaban a ella estas cosas; y dijo que le dolía mucho la cabeza, que no lo aguantaba, y que no le quedaba más remedio que saltar. Cuando caía, su cuerpo también mutaba en espuma de salto, en ausencia, en dolor, en escalofríos; y la abundante hematohidrosis que atacaba su piel tintaba de rosa el agua, muy ligeramente, con una sutileza delgada y sublime: y al fondo del todo, como si de un vestido de novia virgen se tratara, se avistaba la claridad del último destino. Dafne y yo nos quedamos un buen rato mirando, absortos ante la grandeza del abismo. Cuando desperté era la hora del demonio: las tres y media de la primera madrugada sin ella, sin la mujer que había sido la razón de mi vida durante treinta y tres años. Treinta y tres, la edad del Hijo del Hombre.