Alejandra Cascada tenía memoria fotográfica. Era capaz de leer la página de un libro y recitarla seguidamente palabra por palabra. Sus exámenes eran de ver y no creer. Varios profesores, que no conocía sus facultades, llegaron a suspenderla sin más pensando que había copiado, incluso alguno, algo más reticente al castigo ejemplar sin pruebas fehacientes de por medio, le había pedido que volviera a escribir sus respuestas, esta vez apartada de toda posible fuente de copia, y resultando siempre que en la página en blanco del cuaderno se vertían los contenidos de los libros de texto sin perder ni un punto, ni una coma. Sus amigas, por decir algo, que ella no tenía amistad con ninguna de la clase, la llamaban Alexa, como el asistente virtual de Apple, y se reían de ella descaradamente preguntándole hasta la saciedad cosas que no tenían las más de las veces ni sentido; hasta tal punto llegó el acoso que hubo días en que la hicieron llorar. Y cuando esto ocurría ella se vaciaba. Su cerebro formateaba todo y había que empezar de cero. Se quedaba como un vegetal, sentada en su pupitre, la mirada perdida en un punto indeterminado del techo, una baba blanca cayéndole de la comisura de la boca. Entonces todas gritaban, señorita Pepi, señorita Pepi, Alexa se ha vuelto a desconectar. La maestra, María José Grande Ruiz, que reunía en sí todas las características de todos los tipos de docentes, aplicaba primero el elemento práctico, ponía música clásica de fondo, a todo volumen, luego encendía en las otras alumnas la chispa del idealismo obligándolas a que trajeran cubos de agua a la carrera, seguía con un moderado discurso de bruja medieval, “el agua es protectora y ella me ayudará a que la salud de esta niña retorne a su cuerpo y todo vuelva a donde debe estar”, recitaba; y, como broche final, después de haberla empapado con el líquido elemento de siete cubos de agua, depositaba un beso maternal en la frente de la niña. Y Alejandra volvía en sí, miraba en rededor como si acabara de salir de una siesta, y sonreía de una manera tan dulce que era difícil no secundarla con un qué bien que estés de vuelta, o algo así. Luego empezaba a cantar con una voz de soprano que ya quisieran muchas esas historias fantásticas de siempre, esos cuentos en los que los malos a veces se convertían en buenos, y los buenos; bueno, los buenos ya no lo parecían tanto.