Hoy siento que empieza una nueva vida para mí. Todos los días amanece, y cada uno tiene su afán, su intrahistoria particular, ese punto de aparente verdad que llamamos lo real; pero hoy mi alma sabe que las puertas de un nuevo ciclo vital de mi existencia están abiertas, que hay nuevos horizontes en el horizonte, y nuevas perspectivas en mi perspectiva. Me siento libre de hacer o de decir lo que me venga en gana, en público o en privado, allá donde se me antoje: es casi una rebeldía, casi un punto de euforia, como cuando recién cumplidos los dieciocho, en las verbenas con orquesta de las fiestas de los pueblos, nos pasábamos de la raya tocándole el culo a las chicas y al final terminábamos peleándonos con el hermano, o el medio novio, o el amigo; sin maldad alguna, por supuesto, por pura diversión. Me he puesto el anillo de casado, - ¡Ay Elena de mi alma, cuánto te echo de menos! -, siendo viudo como soy, para avisar a propias y extrañas que no estoy disponible para nadie, que no quiero estar disponible para nadie, que deseo solo la presencia de Doña Sol (Soledad) y Don Sil (Silencio), esos viejos amigos que tan bien me comprenden, que tan bien me asisten y me acompañan, sobre todo en esos momentos, en momentos como los que hoy toca consumir, en los que uno necesita compañía y no la tiene. Como en la canción de Alejandro Sanz tengo el corazón partío, y me lo ha roto una mujer, como no, que yo soy de la antigua escuela de la hombría bien entendida. A diferencia de él, de Sanz, no necesito que nadie me lo cure, el corazón digo, que está bien así, sangrando, doliendo, dando cuenta de que una vez hubo un sueño tan bien construido que parecía verdadero, de carne y hueso y sangre; y ya me taparé yo cuando haga frío, que manos y mantas tengo, aunque cuenten casi setenta años y den señales de una vejez chocha a punto de caducar. Hoy siento que empieza una nueva vida para mí, que todo cuanto amé se ha perdido en el laberinto de una verdad que no es la mía y que como no podría ser de otra manera, duele.