Sabe usted, dice Sebastián tras un largo silencio, a mi edad, cuando uno ya lo ha vivido prácticamente todo, cuando uno ha estado en la guerra y ha visto convertirse a hombres honrados en asesinos sanguinarios, cuando uno se ha tenido que reconstruir luego en la paz, se ha tenido que reinsertar en el amor de la familia y lo cotidiano como quien no lo ha conocido nunca, etcétera, solo espera pasar los últimos días de su vida de la forma más apacible posible, degustar el prohibido café con leche y pastas de la mañana, pasear a la orilla del río y ver a los patos deslizarse sobre el agua como si fuera magia, sin mover ni una sola pluma de su cuerpo; ir al cine o al teatro a ver tal o cual función que dicen que es el no va más. Uno no espera otra cosa de la vida que los pequeños placeres de andar por casa, no otra cosa que el tranquilo devenir de los días previos al gran estallido del fin del mundo. Uno no espera que la llama del amor regrese y lo envuelva y lo abrase, y le lleve a cometer imbecilidades de niñato de recién en la mayoría de edad, que es lo que me ha pasado a mí. Sofía se convirtió de la noche a la mañana en la niña de mis ojos: el último fuego de mi corazón. Sofía supo devolverme a la juventud, convertir el decrépito ánimo de un viejo en la salvaje irrupción del deseo en un joven con todas y cada una de las células del cuerpo alertas, expectantes, inquietas ante la marea del sexo opuesto. Ella era el sol de mi vida. Pero, ay amigo, cuando mis ahorros se terminaron y con ello los caprichos dejaron de cumplirse, setenta y cuatro mil euros me costó la broma, ella me llamó a capítulo, me hizo sentar a la mesa camilla, me miró a los ojos, y me dijo que ya no podía aguantar más, que yo había sido el fastidioso grano en el culo que no la dejaba descansar ni de día ni de noche, la mancha negra de aceite en el suelo, en medio del salón, que no hay manera de eliminar. ¿Comprende, ahora, por qué la maté?
Sabe usted, dice Sebastián tras un largo silencio, a mi edad, cuando uno ya lo ha vivido prácticamente todo, cuando uno ha estado en la guerra y ha visto convertirse a hombres honrados en asesinos sanguinarios, cuando uno se ha tenido que reconstruir luego en la paz, se ha tenido que reinsertar en el amor de la familia y lo cotidiano como quien no lo ha conocido nunca, etcétera, solo espera pasar los últimos días de su vida de la forma más apacible posible, degustar el prohibido café con leche y pastas de la mañana, pasear a la orilla del río y ver a los patos deslizarse sobre el agua como si fuera magia, sin mover ni una sola pluma de su cuerpo; ir al cine o al teatro a ver tal o cual función que dicen que es el no va más. Uno no espera otra cosa de la vida que los pequeños placeres de andar por casa, no otra cosa que el tranquilo devenir de los días previos al gran estallido del fin del mundo. Uno no espera que la llama del amor regrese y lo envuelva y lo abrase, y le lleve a cometer imbecilidades de niñato de recién en la mayoría de edad, que es lo que me ha pasado a mí. Sofía se convirtió de la noche a la mañana en la niña de mis ojos: el último fuego de mi corazón. Sofía supo devolverme a la juventud, convertir el decrépito ánimo de un viejo en la salvaje irrupción del deseo en un joven con todas y cada una de las células del cuerpo alertas, expectantes, inquietas ante la marea del sexo opuesto. Ella era el sol de mi vida. Pero, ay amigo, cuando mis ahorros se terminaron y con ello los caprichos dejaron de cumplirse, setenta y cuatro mil euros me costó la broma, ella me llamó a capítulo, me hizo sentar a la mesa camilla, me miró a los ojos, y me dijo que ya no podía aguantar más, que yo había sido el fastidioso grano en el culo que no la dejaba descansar ni de día ni de noche, la mancha negra de aceite en el suelo, en medio del salón, que no hay manera de eliminar. ¿Comprende, ahora, por qué la maté?
