En la pantalla del ordenador, dos días después, el jefe de policía de la Zona de Arganzuela encontró este texto: “A veces la vida te lleva a callejones estrechos y oscuros, a malolientes calles sin salida donde el alma desnuda no tiene otro remedio que degustar el pavor de la verdad, a esa realidad que es otra cosa bien distinta a lo que uno cree. Es en esos lugares en donde se te abren los ojos y comprendes que vivimos a ciegas, confiados en la monotonía de las horas, arrellanados en el sofá de los días sin historia”. Sebastián Sánchez Granados, al día siguiente de la bronca monumental que mantuvo con su ex pareja Sofía, que vivía cuatro pisos por encima del suyo, con su hija, yerno y nieto, se levantó en torno a las nueve de la mañana. Se pegó una ducha tibia, se afeitó, cogió el machete mata cochinos, el que había comprado en la Academia de Infantería en Zaragoza, cuando estaba en activo y era recién llegado al ejército, y bajó lentamente los escalones de los dos pisos que le separaban de la calle. Cruzó el patio interior del portal treinta y tres letra D, salió a Linneo, subió por la de la Pizarra, giró a la izquierda en Juan Duque, y entró en el bar restaurante Los Tronquitos. Sofía, su ex pareja, estaba sola tras la barra del bar. La televisión daba noticias de una inundación en Valencia. No había nadie más, solo ellos dos. Manuel Ángel, el dueño del local, había salido al almacén, y el mañanero del orujo hacía ya más de media hora que se había vuelvo a su casa a dormir la mona. Él sacó el cuchillo de debajo de la ropa, saltó la barra con una agilidad impropia de un hombre de setenta años, y le asestó diez machetazos. Luego, con las manos manchadas de sangre todavía caliente, se fue andando tranquilamente hasta la comisaría.
