El pasado es como la muerte, algo que no se puede modificar, terco en su inmutabilidad, una sombra de lo que fue que continúa en nuestros recuerdos porque nuestro cerebro necesita un escenario repleto de figurines en el que poder representar su función cognitiva, un mundo en el que poder desarrollarse, o expandirse, o simplemente agrandarse hacia donde nadie sabe. Hay en él, como fiel reflejo de nosotros mismos que es, lugares para todos los gustos, buenos, menos buenos, e incluso malos, tal y como somos nosotros, con algo de bondad, con algo de empatía, me atrevería a decir incluso que con algo o con mucho de amor, según de qué persona se trate, que no todos somos iguales en esto del corazón. Así que, ¿qué podemos hacer con el pasado cuando se empeña, terco como él mismo, en inundarnos el presente, lo único que realmente tenemos, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, incansable, con secuencias de lo que parecía amor y era la mentira de las mentiras? Decir te quiero cuando no quieres no está bien, cariño. Podemos por ejemplo dejarnos llevar por el dolor, regocijarnos en él, meternos en la cama, cerrar los ojos al mundo, y abandonarnos al dulce consuelo de las lágrimas. Podemos por ejemplo ingerir el alcohol necesario para anestesiar la herida, aunque no del todo según el maestro Delibes, y mirar hacia la aparente negrura del mañana que en la línea del horizonte permanece. Pero podemos, y yo soy de estos, bueno yo quiero ser de estos que es otra cosa; podemos decir: “qué carajo, nada hay en este mundo más importante que yo mismo, yo soy más que mis circunstancias, yo tomo las riendas de mi vida, nadie va a decirme qué sí y qué no hacer con mis días”. Así que, a la mierda todo. Ya lo decía Plauto en su comedia Asinaria: “Homo homini lupus”. O sea que tengan cuidado que como lobo que soy, muerdo. Je.
