Como decíamos ayer, que dicen que dijo fray Luis de León al volver a su cátedra en la Universidad de Salamanca, tras haber estado cinco años en prisión acusado ante la Inquisición de diferentes herejías, de lo cual fue exculpado finalmente, que también dijera cuatro siglos después otro escritor y profesor de la misma universidad, de Don Miguel de Unamuno hablo, exilado a las islas canarias por escribir críticas contra la dictadura de Primo de Rivera; como decíamos ayer, que digo yo hoy, tanto tiempo después, tras ser expulsado de la vida de pareja, se escribe desde la cabeza, se escribe desde el corazón. Para mí que se escribe con la cabeza tras consultar con el corazón. La cabeza es la que pone las cosas en su sitio, la que sostiene la brida de los desboques del corazón.El corazón es el recipiente en el que se guardan los deseos, la gruta en donde la fuente del amor mana, el centro de todas las emociones que nos hacen humanos. Pero no es fácil acallar el griterío de este último en toda la plaza del primero, los lamentos suben desde las profundidades confundidos con el bramido del dragón de la ira. Los deseos insatisfechos, el amor atascado, las emociones amarradas, vociferan tan fuerte que tal parece que se hubiera conectado el altavoz de los altavoces que en el mundo son, que escribiría mi otro amigo Miguel, de Miguel de Cervantes hablo ahora. Yo escribo con la cabeza conectada a la mano dócil tras consumir la dulce y cicutada canción del corazón. Pero, a veces, la canción, como diría mi tercer amigo Miguel, de Miguel Ortega Isla hablo aquí; a veces, la canción es solo el eructo del cocodrilo que duerme bajo mi cama de día y que me roba los sueños cada noche.

