Llueve sobre Santa de la Sierra, como lo hace de costumbre en Asturias, o Galicia, o Cantabria, tal y como lo describía Don Camilo José Cela o Don Antonio Machado: una lluvia de hilo fresquita tras los cristales que mece el viento, sin peso pero sin pausa, un calabobos sobre las copas de los olivos de tronco retorcido y la paja dorada del ya olvidado verano, derrumbada ahora, que cubre la tierra; sobre las bellotas que van cayendo desde las ramas de las encinas y que ya negrean, y que ya buscan su lugar en la tierra, su espacio de árbol bajo este cielo gris blanco lleno de tristeza, y de nostalgia, y de ausencia. Dan ganas de meterse en la cama, a lo calentito de las sábanas, a pensar lo que pudo ser y no fue, a derramar una o varias lágrimas de amor contrariado; o de sacar el faldón color vino tinto y el brasero eléctrico y ponérselo a la mesa camilla, y encender una vela perfumada, y leer un libro en el que todo acaba bien, no como aquí en la vida de verdad que los finales felices son solo una posibilidad mínima entre un millón de posibilidades. Llueve sobre Santa de la Sierra, sobre las ascuas del amor derruido, sobre este suelo de tierra prensada, bajo este cielo abierto que espera el frío del invierno; en este patio de armas sin pozo, ni brocal, ni caldero, donde los ecos del gentío se han apagado y ya no queda ni siquiera un fleco de la manta del recuerdo de lo que un día fue.