En la plaza de Santa de la Sierra hay dos bares y una churrería. Ahora, para desayunar, solo está abierto el que tiene la puerta de entrada mirando al oeste, el mesón Ñuflo de Chaves, que sirve comidas y cenas si reservas y que abre a criterio de los dueños, según su estado de ánimo, que la depresión anda suelta como toro bravo desbocado, o ganas de trabajar, que teniendo para comer, pues con afanarse lo justo es suficiente. Antonio, el churrero, se ha tomado quince días de descanso en este mes de septiembre, que dar de desayunar trescientos cincuenta días al año no es cosa fácil, no algo que todo el mundo pueda hacer: tiene mérito, mucho mérito Antonio. Pedro, el tabernero del otro lado de la plaza, que también tienen sillas y mesas en la calle, solo abre por las tardes, que por la mañana con atender el ganado y reponer las neveras ya tiene bastante. Luego, cerrando por el norte, está la iglesia románica, con sus soportales, su retablo a lo iglesia monumental, sus bóveda de catedral, y su torre con nidos de cigüeñas. Al sur, dando la espalda a las jorobas de camello de la sierra, está el Centro de Interpretación y los soportales del antiguo casino. La plaza, con fuente circular en medio, es el centro del planeta Santa de la Sierra, el punto de reunión y solaz de los poco más o menos de trescientos treinta y dos residentes con que cuenta el pueblo. Es la zona internacional, por decirlo de alguna manera, el vértice en el que todo confluye: el centro. Y en ese lugar hay también amores y traiciones, risas y llanto, como bien cabía esperar de un lugar público.