
Esta noche he soñado que volvía a Vientián. Bajaba por el río Mekong desde la ciudad de los árboles en llamas junto al río Dong, con unas alforjas llenas de oro, plata y piedras preciosas, en la balsa de madera que yo mismo impulsaba con la pértiga de bambú que fuera de mi padre Long, al estilo de los míticos cangaceiros brasileños, como hice tantas veces en tiempos del emperador Jayavaraman VII, cuando trabajaba para él en calidad de Ministro de Economía y Hacienda que se diría hoy, y me ocupaba de distribuir el trigo y otros productos de primera necesidad entre los más pobres. En las orillas se veía pasar y quedarse en el ayer el trajín de las aldeas; y sobre todo el imponente retumbeo de los paquidermos, como en los mejores días de Lan Xang y su Reino del Millón de Elefantes, mucho antes de que la lluvia de al menos doscientos setenta millones de bombas de racimo americanas redujeran la población a poco más de un tercio. En el sueño, recordaba que siempre fantaseé con tener uno, con subirme en él y pasearme por el mercado como un joven gran señor, y luego acercarme al templo a depositar las necesarias ofrendas para que los Espíritus Phi me fueran propicios. También soñé con la verdad, que nunca pude hacerlo porque nunca tuve recursos para comprarme uno. El oro, la plata y las piedras preciosas las había obtenido ilícitamente en la ciudad de los árboles en llamas, tras los saqueos que los franceses hicieron en la zona. Bajaba por el río Mekong, en una balsa, hacia Vientián, con las alforjas llenas de riquezas y el alma en carne viva. El dolor de lo imposible es así, como un sueño que no se cumple.