Manuela no fue nunca a la escuela. Ya desde que se irguió a lo bípedo sus padres la ocuparon en las tareas de la huerta, el gallinero, las vacas: lechugas, tomates, huevos, leche. Creció a la vez que Turno, un pastor del oso astur que llegó a pesar sus cincuenta kilos y alcanzó los noventa centímetros de altura, la envidia del concejo pues se cuenta y es verdad que repelía el ataque de los osos y los lobos con solo dos ladridos. Se los veía encorvados sobre la tierra, como el segador a destajo, registrando las angostas sendas de la montaña en busca de las castañas caídas, a finales de septiembre, cuando las hojas de los árboles amarilleaban cara al invierno. También correr de acá para allá desaforadamente, como si no hubiera maldad en el mundo, por la campa de Fayacaba, o jugar sin miedo alguno junto a los caballos de Dimas, el hombre de la montaña de Peñamayor que nunca bajó al pueblo y que conocía el lugar exacto en el que se encontraba el Pozo Funeres, la lúgubre sima en la que descansaban y hoy ya solo polvo todavía descansan los restos de los condenados de la guerra, pobres niños comunistas del tiempo de la ira. Fue ella la primera Nela de la historia conocida; Nela la bruja, la llegaron a llamar, todo hay que decirlo, la que preparaba aquellas milagrosas tisanas de hoja de laurel, miel de castaño y corteza de brezo que sanaban el corazón de los enamorados y abría las puertas de la eternidad. Ella la que, según la tradición oral, parió a Pelayo, la que inculcó en el corazón del muchacho el amor a la cristiandad, y la aversión al Reino de Morilandia, la madre al fin del Reino Astur, el inicio de la reconquista, y a la postre, la abuela de los reyes y los reinos que soñaron con ser uno y llamarse España.
