“Muchos días después”, el hombre y el perro salen a la calle. Son poco más de las ocho de la mañana. Es agosto y el sol hace ya más de una hora que tuesta los campos agostados por el calor. Hay en el aire un fuerte olor a pólvora que viene del norte, como si los pelotones de fusilamiento levantados en las eras siguieran todavía en activo y el coronel Aureliano Buendía insistiera en la matanza de los últimos del ejército rojo, como si los cartuchos de dinamita en la cantera siguieran haciendo de las suyas y las esquirlas de la pizarra siguieran aventando el aire. Bajan la pequeña cuesta asfaltada que viene del badén, donde se ponía Antonio el heladero hace media eternidad con su “Maker de Helado Country” a vender la cremosa vainilla en cucurucho, y giran a la izquierda, buscando el oeste, hacia el camino los atracaderos. Llegan a las antiguas escuelas donde todavía persiste el griterío de los niños ante la vara de mimbre que maneja un Juan niño borracho de poder, y entran en la blanca tierra del camino.
Ahí aparece ella: alta, rubia, bella, joven, ojos de diosa griega. Me llamo Soledad, pero todos me llaman Sole, y hoy no podrás conocer el hielo, como tenías previsto, hoy me conocerás a mí, dice. Neli, Nela de Santiago para más señas, la perra, va unos quince metros delante de ellos, por eso no se entera de nada. “Hoy, mamá ha muerto, o tal vez ayer, no sé”, contesta él, como si el dolor de la muerte de la progenitora le mantuviera en estado de máxima alerta, tantos días después, y no le importara que los gitanos se retrasaran, que el hielo se fundiera y que, al fondo del tiempo, se abriera el hueco de la “crónica de una muerte anunciada”.

