Yo, Martín de Bilbao, di el golpe de gracia, la estocada en la garganta al marqués “Pacopizar”, que así llamábamos entre la tropa al Porquerizo de Trujillo, a quien había conquistado el Incario, a Francisco Pizarro González, para desgracia nuestra y por obra y gracia de las malas artes y la brujería, gobernador, adelantado y alguacil mayor de Perú. Ni Juan de Rada y ni Juan Balsa, fui yo. El bastardo, el hijo de El Romano y la criada del Monasterio de las Freilas de la Puerta de Coria de Trujillo, el niño pobre que nunca pasó hambre y que sí cuidó y olió durante mucho tiempo a cerdos, tras recibir el golpe mortal, moribundo ya, tuvo tiempo de llevarse un dedo a una de sus heridas y dibujar con su sangre el signo de la cruz en el suelo. Confirmo que pidió confesión y que Juan Rodríguez Barragán, antes de golpearlo en la cabeza con un jarrón, le gritó que al infierno, que se fuera a confesar en el infierno. Sí, en esta tierra de peruleros, tengo las manos manchadas de sangre española, pero no de sangre noble, sino de sangre mestiza trujillana, que no es lo mismo. Y es que, y esto es lo que más me solivianta, el motivo principal por el que acepté participar en estos hechos, “Pacopizar” era como su padre, siempre le gustó ir a lo más bajo del populacho, no cuidaba la limpieza de sangre, no le importaba un pito el abolengo, ni las tradiciones, ni nada; mira que casarse con la Quispe Sisa, la hispanizada Inés Huaylas Yupanqui. Aquella noche yo dormí bien. Soñé que comandaba la infantería almagrista en una batalla imposible de ganar. Al despertarme todavía sonaba en mi cabeza el grito de guerra que en el sueño pronunciaba: “yo maté a Francisco Pizarro, esa es mi verdadera hazaña”.
