Gertru

     Dentro de la circunferencia tintada de negro mate, en el centro exacto de la misma, hay un orificio también circular. Se ve a través de él el blanco de la mesa. No quiero hacer con esto referencia alguna al contraste que representan el Yin, lo femenino, la oscuridad, la pasividad y la tierra, y el Yang, lo masculino, la luz, la actividad y el cielo. Sobre la superficie de plástico de este disco que no se puede grabar, que ha sido pensado y confeccionado para preservar de ralladuras innecesarias a los otros discos de la caja de CD, hay a veces una lata de cerveza, como ahora, son ya más de las doce de la mañana, no se vayan a creer que bebo continuamente, sin control alguno; y otras, casi siempre esto último, un teléfono móvil con un número olvidado que flota a su antojo en las turbias aguas de lo perdido: como nadie llama ya ni me acuerdo siquiera del tono de llamada. Lo tengo pues trabajando de posa vasos; y no se queja, y no se mueve, parece que no tuviera alma, o que simplemente fuera un objeto abandonado a su suerte por un niño sin compasión, por uno de esos niños herodes que se dedican a la política, por ejemplo. Ahora, cuando levanto la lata para dar un trago, el aire envenenado de la habitación genera sobre él un remolino de recuerdos. Dejo por ello la bebida en otro lado de la mesa, al lado de una foto mía de cuando era más joven y todo parecía posible, y fijo mis ojos en la escena. Hay una escalera. En el quinto peldaño una niña en cuclillas haciendo sus necesidades. Sonrío para mis adentros. Es el recuerdo de mi madre, su hermana pequeña, un día cualquiera del pasado, cuando ella estaba en la escuela y mi abuela, en el doblado, al final de esa escalera, hacía las sopas de tomate y preguntaba: “¿Gertru, quién se ha cagado en la escalera”.