Eran las seis y cincuenta y un minutos de la madrugada cuando mi perrita Neli ha venido al dormitorio y ha empezado a lamerme el codo del brazo derecho hasta despertarme. “Qué hora es?”, le he preguntado a Alexa, sin abrir los ojos siquiera. La máquina me ha confirmado que era temprano, muy temprano todavía para el jubilado perezoso que soy. Así que me dado media vuelta y he seguido durmiendo, pero no como antes, no en el sueño confiado de toda la noche, si no en el apacible letargo de andar por casa que precede al despertar del día. Neli, ante mi pasividad, ha suspirado como quien se sabe la lección y se resigna, y se ha tumbado en la alfombra. A las siete y cuarenta y cinco minutos ha sonado el despertador del teléfono móvil. Me he levantado, salido a la salda de estar, y apagado la alarma. Luego he vuelto al dormitorio y he empezado a ponerme los calcetines, apartando el estorbo del hocico de la perra que no paraba de lamerme los pies, tal su impaciencia por salir. “Se tiene que estar meando”, he pensado. He ido a la cocina y he cogido dos bolsas de plástico, una para los higos de las chumberas, otra para los de higuera, que hoy tengo previsto comérmelos con las sopas de tomate al estilo de Santa de la Sierra, a saber: sofrito de tomate, pimiento verde, pimiento rojo, ajo, y pimienta negra, añadir agua, dejar hervir, y empapar el pan previamente laminado con este líquido. Esta es comida de pobre, que dicen algunos. Sí, la misma que llevaba mi madre a mi padre a la era, cuando yo muy niño, y nos comíamos con todo el deleite del mundo bajo una gran encina, en una loma cerca de la carretera antigua, hoy camino auxiliar de la A5, la conocida como la Autovía del Suroeste. Luego he salido a por los frutos. La casa de mi primo estaba cerrada a cal y canto. Ya se han vuelto a su residencia habitual, en Asturias. Ya nos quedamos en el pueblo solo los trescientos treinta y dos habitantes censados.