En lo alto de la pirámide truncada estaba el ara de los sacrificios, de forma rectangular; los lados más cortos, que se estiraban hasta los dos metros, orientados al norte. En el centro exacto del lado más próximo a la estrella polar había una gruesa argolla de hierro ahora oxidada: era la que fuera en otro tiempo el punto de sujeción de las víctimas humanas. El mármol mostraba una pérdida de brillo notable en su centro, posiblemente por el desgaste del uso; y rayones y hendiduras producidas sin duda por la afilada punta de los cuchillos sagrados de los sacerdotes. A las ofrendas, estando vivas, se les abría en canal, y muchas veces las puntas de los instrumentos, tras atravesar la carne y tocar la piedra, se embotaban e incluso se rompían, tal el ímpetu que impelían a sus herramientas los oficiantes. El aire frío de la altura, según el guía que nos acompañaba, era perpetuo. Nos removía el cabello. Había un punto de sal en el aire que recordaba la cercanía del océano. Nela de Chichén Itzá miraba todo con esos helados ojos canela que la caracterizan. A mí se me notaba bastante la tristeza que producía en mí el lugar, los músculos de la cara se me contrarían en un claro espasmo hemifacial, y los ojos se me achinaban como referencia inequívoca de la lucha interior que mantenía por contener las lágrimas. A lo lejos, la frontera del horizonte dejaba ver el salto de agua de las cataratas más altas del planeta: un blanco espumoso clareando el oscuro corazón del precipicio. Nela de Chichén Itzá se había desplazado al lado sur del ara y, ocho metros más allá, acariciaba el rosto en piedra de la diosa Cihuacoatl. La referencia a la deidad del nacimiento en este lugar nos sumergía en el pensamiento de las gentes de aquel tiempo: los sacrificios no eran terreno baldío pues en cada uno de ellos había un punto de inicio a otra cosa, una salida a otras vidas.