primero hay que ponerse
en camino.
En este simple
gesto se gesta ya una línea
temporal que tormenta
es en el espacio que usamos
para movemos.
El pasado
se va agostando, primero
con los arabismos de las primeras
lagunas de memoria
que se alzan al poco del suceso:
así de frágil el entendimiento
humano.
Ardiendo en segundo
lugar, entre las turbias lluvias
de un antiguo olvido, de larga
melena blanca y barba
de algodones, como si un Gandalf
fuera.
Y desapareciendo
finalmente, cuando no queda
nada de la vibración que lo ha hecho
posible: a saber,
con la muerte cierta del yo,
lo único que es.
Porque el pasado no se queda
ahí, escondido en alguna
parte, esperando a que alguien
lo encuentre y lo haga suyo.
ahí, escondido en alguna
parte, esperando a que alguien
lo encuentre y lo haga suyo.