Fue mi abuelo materno Francisco Grande Bravo el que compró el olivar, hace de esto ya más de medio siglo. Era casi una fanega de tierra roja, a la salida del pueblo por la carretera que va a Garciaz. Fue él quien liberó espacio para la huerta, quien arrancó media docena de olivos, los que estaban más al este, cerca de la angarilla de entrada; él, el abuelo esquilador, el trabajador infatigable de la tierra del patrón latifundista, el medio alquimista, en el pueblo decían que había dado con la piedra filosofal y que por eso nunca le faltaban recursos, quien convirtió aquella tierra sin alma en un vergel que fue la envidia de propios y extraños. Y en el centro exacto de la finca plantó la semilla de un chaparro que le había vendido nada menos que el legendario yagunzo Melquiades, cuando terminó la guerra y no terminó el mundo, cuando la república y el demonio se repartieron la tierra que había sido su vida y hogar y él tuvo que salir a los caminos del páramo para ganarse la vida de otra manera, de cualquier otra manera más allá de la honradez. El de Canudos le había asegurado que el árbol era uno de los padres originarios de todos los árboles que en el mundo hay, y que una vez al año, una noche de luna llena de la que nadie sabe, daba una bellota de color amarillento con propiedades mágicas que era el asombro de los sabios y estudiosos, no ya por la extrañeza del fruto si no por sus excelsas propiedades: oro de veinticuatro quilates. Esta noche no era otra que la noche en la que los visionarios dicen que los rayos del satélite se convierten en hermosas mujeres y roban el alma de los románticos e inocentes enamorados mediante el ancestral baile de los oráculos. El árbol creció hasta llegar a los seis metros de altura, extendió sus ramas para propinar una plácida sombra, y dio sus frutos; pero el abuelo nunca supo del oro. Eso sí, las bellotas no eran amargas, sabían a miel y a hinojo; y producían una somnolencia inmediata, un deseo irrefrenable de dormir... y unos sueños llenos de enamoramiento que le despertaban a uno con una sonrisa en los labios y un gozo de besos de amor para todo el día. Mi padre heredó la tierra; y yo, la noche en la que supe qué era la soledad, vi al fin el fruto escondido del árbol: un corazón con una espina de amor clavada en todo lo alto. La sangre olía a romero, a tomillo, a sierra...