Salvador Dalí en la escuela

Terminad el cielo”, dijo el maestro. Y se puso el monóculo dorado sobre el ojo izquierdo, se sentó en su silla de madera con culo de mimbre, sobre la tarima, abrió un libro que amarilleaba de antiguo, de un tal J. Middleton Murry, titulado El estilo literario - para saber todo publicado en México por el Fondo de Cultura Económica en mil novecientos cincuenta y uno -, y se puso a leer. Todos los alumnos se quedaron paralizados de espanto, inmóviles en sus pupitres, el ojete apretado dentro de los pantalones cortos con tirantes color castaño, el aire contenido bajo las camisas verde de manga corta, todas con su logo plateado en la galonera del instituto, los pies helados de inactividad dentro los zapatos de gamuza azul, dentro del calcetín blanco de tiro corto; todos paralizados, que un cielo así, una cúpula planetaria en la que se vean reflejados todos los tipos de nubes, aunque sea como ejercicio de primaria, tiene su intríngulis. Dibujar lo fibroso y delgado de un cirro, conseguir el aspecto de pluma o pelos sin dejar atrás ese blanco brillante que lo caracteriza sobre la negrura de la pizarra del encerado, a mí me parece cosa de un Leonardo da Vinci. Nos os cuento ya de los cirrocúmulos, esas nubes pequeñas, blancas y redondeadas, dispuestas en láminas o bancos, a veces con un efecto moteado; o de los cumulonimbos, esas nubes grandes y oscuras que se extienden verticalmente y que producen esas tormentas de fuerza de cíclope, esos granizos como canicas, esos rayos y esos truenos de espanto. Solo Salvador se atrevió a salir al encerado. Cogió una tiza blanca y, utilizando uno de los extremos como punto de inicio del giro, empezó a dibujar arcos que enlazaba de la manera más insospechada posible. El resultado fue espectacular. El maestro solo pudo decir: Dalí eres un genio.