Hoy el cielo está cubierto por el humo de los incendios, es blanco agrisado. El sol no luce tan potente y muestra una mancha circular de color teja en torno a su centro: parece el ojo de un vampiro inyectado en sangre. La luz menguada que provoca esta situación realza todavía más el amarillo áureo de los campos. La tierra de El Camino del Puerto es blanca, la misma de todos los días, pero en esta ocasión le brillan más, mucho más, los granos de mica: parece que fueras pisando reflejos de plata. A Nela, la perrita abandonada que fue adoptada y ahora es feliz, no parece importarle nada de esto. Ella está centrada, como todos los día por cierto, en meter el hocico en la espesura de la yerbas de las cuneta del camino, oler todo y llegar por ello a saber todo lo ocurrido. Porque no nos equivoquemos, todo está escrito en el rastro que dejan los cuerpos en el escenario por el que transitan. Y cuando se presenta la ocasión, mordisquea la juncia y se deleita con el anisado olor del verde hinojo. A mí sí que me importa que ardan los campos, no porque me fuera a doler la pérdida de uno bienes que no tengo; pero es que no me gusta el negro del tronco de los árboles quemados, ni los calientes rescoldos enfundados en sus túnicas blancas. Todo ello es símbolo de destrucción, todo ello trae a mi memoria recuerdos de otros incendios menores, incendios del corazón como el que describe Miguel Delibes en su novela Señora de rojo sobre fondo gris, por ejemplo, o el incendio actual, el que asola en estas horas de ausencia mi ser entero. Hoy todo está cubierto de un humo de incendio. Parece que todo estuviera a punto de terminar.
