El botellón de tristeza

     Pasó el idus de Agosto, y con él su algarabía y sus rezos, todo en primer plano, como si fuera lo más necesario del mundo; y Sevim, La Amazona de las amazonas, no volvió. La luna llena empezó a vestirse de oscuridad y dio paso al cielo estrellado de siempre. La Vía Láctea era más láctea que nunca, una rosa blanca para la solapa del inmenso vacío. La del Sombrero, más sombrero de luz que nunca, más nieve sobre la esencia de lo que existe. La de Orión, más gigante cazador que nunca, al cerco del Minotauro, en el camino de la salvación de las almas de los siete hombres y las siete mujeres, dirigiendo con mano exacta la carrera y el olfato de sus dos perros: Maior, canela en rama, y Minor, arroz con leche... Al satélite nada le importaba la angustia que desde mi corazón subía al lagrimal; ni siquiera el brotar en forma de gruesas gotas de mi llanto, resbalando sobre mi rostro. Nada significaba para ella el ángulo de tristeza que, a modo de telaraña, se había formado en el pilar estructural de mi alma. Lord Rybelsus Siete y la inalcanzable e inigualable condesa Lixiana Sesenta, los victoriosos generales de la gran patria de entonces, ahora gordos y viejos generales de esta otra ínfima patria del presente, esta hembra descalabrada venida a menos, nada pudieron hacer para detener la sangría. El suelo del atrio, tras el botellón de tristeza que trajo la distancia y la resaca de ausencias que produjo el dolor de amor que no llega a consumarse, estaba bajo una gruesa capa de latas de cerveza, de todas las marcas y procedencias imaginables, diseminadas por doquier, bajo la estera ondulada que formaban los tetrabrick de Don Simón, vino tinto, vino blanco, letra roja, letra verde. Las orillas de la fiesta seguían intactas, como si nada hubiera pasado, como si a ellas no le importaran los asunto del corazón humano.