Eras movible, y variable, y voluble, tú, hado particular de lo hispano. Recuerda que fuiste heraldo desterrado, muñón amputado de los destinos que en la Europa de finales del siglo diecinueve florecían. No eras tú el camino necesario para la España de entonces, recién salida del pueblo, recién llegada a la gran ciudad, con la jamba recién abierta a la democracia, dictados y dictadores por doquier, ojo avizor a lo que salta o pudiera saltar, emboscados los embaucadores en las oscuridades de los caminos que nunca mueren, con restos del naufragios de los reyes por doquier, sobre las sombras conspirativas de los monárquicos muchas veces, sobre la latencia que aspira a ser presente, sobre la esencia irresoluble de los embozados. No eras tú ni por asomo el alma de aquella España mía que empezaba a ser esta España nuestra de los dolores y las tragedias, en una posguerra en la que la guerra se hacía cada día por encargo, como se han hecho siempre las guerras. Aquella, digo, como la de ahora - tantos años después de que la sangre se secara y lo inolvidable se olvidara, todavía en dos dividida -, no estaba para estos juegos de malabares, no estaba para tanto experimento fatuo, no le convenía en absoluto tanto cambio a la ligera, tanta bragueta de por medio, tanto de por que si se me inflan las pelotas se me inflan, y hago lo que hago solo por fastidiar al otro: así se pudran los de la otra orilla y no tengan un sitio en el que caerse muertos. Por eso quise que la década de los treinta se pasara sin que supieras de mí, sin que supieras que Erasmo y su España murieron, y con él esta patria mía, que parece que no será de todos nunca.