Para Lola Martínez Auñón, que lo pidió.
En este último tercio del crepúsculo, yo voy soñando con alguien que nunca fue sueño; a saber, contigo. Los caminos de la tarde son los mismos de la mañana, solo que ahora, las colinas doradas menguan y se deslizan hasta la plata. Ahora el oro entre los alcornoques se oscurece, y los verdes pinos siguen diciendo que te quieren así, encina travestida y polvorienta, verde sobre verde, amor sobre amor, monte y algodón de gato garduño de luna que no eriza sus patas por ningún poeta de Lorca. Estoy en la baranda desde la que Dilaila vio pasar la noche y se puso íntima. Se ve el barco en la mar de Tom Jones, y se huele todavía el mejor perfume de lágrimas de ausencia de la historia. ¿Adónde el camino irá?, me pregunto. Y para mantener la vela, sigo escuchando la canción mientras me visto mi vida y veo que a lo largo del sendero esta tarde cae hacia la noche más larga, mientras siento la espina de mi pasión por ti clavada en el corazón. Que no quiero arrancármela, que no, que no me importa que todo el campo un momento se quede mudo y sombrío, y medite lo que meditan los campos. Que suene el viento en los álamos del río, que la tarde se oscurezca, y que el camino serpee, y que débilmente blanquee si ese es su destino, y que se enturbie y que desaparezca. Que no quiero arrancármela, que no, que quiero sentir el corazón, el corazón con esta espina clavada, con esta espina de amor.
