A la Triste mañana le siguió una tarde de tormentas sin lluvia, sólo truenos, y esas como explosiones de artillería que acompañan a esa carga a la bayoneta calada que fue y que ya no será nunca más porque ya nunca más habrá un tiempo de, por y para el silencio: de aquí en adelante solo la ausencia del presente en los salones del alma. Sonaba la marcha fúnebre que traía la noche con el estruendo mismo de los mil golpes sobre el pavimento de las mil canicas de mármol arrojadas desde lo alto por la impudicia de los hombres del acero, hombres desesperados que no conocen el amor, ni lo conocerán nunca porque otro es el motor que mueve tales corazones. La escena, porque algo tenía de representación burlesca la sinfonía de esta tarde, había sido traída hasta aquí desde el mar de Mármara, desde esa mar serena, azul noche abajo, azul día en lo alto. La comedia había sido acercada a tus ojos de lector desde esas aguas saladas que descubren la silueta de Estambul allá al fondo, donde mi dolor machadiano, con su espina clavada y todo, todavía perdura; ahora, cuando únicamente es posible el sueño y la espera. Algún relámpago que otro, y unas nubes que simulacro eran del frío espacio entre galaxias que ya nadie se atreve a surcar: la vida ahora es así, se retrotrae a la pequeñez de una ventana abierta tan solo al pensamiento de lo finito. Nela de Santiago, la gran dama canina que acompaña las horas del viejo poeta que no se siente tal, ajena a todo esto, se tumbó en el suelo vestido de mármol de la biblioteca, las tetas de perra parida sobre el fresco, abajo del todo de la estantería atestada de libros. Las campanas del tiempo de silencio sonaban tan claramente en los oídos del censor, tan apasionadamente, tan sin sustancia, tan alentadoramente, que nada hacía conjeturar una burla del tal calado social en el barrio. Los espadachines seguían moviendo sus floretes de la edad del oro desteñido en circunferencias desaconsejadas, bajo la sombra del barbuquejo, al ras del sobaco, sobre las plumas de ganso del casco. Y en esto, un golpe desafortunado, hace que la Sagrada Biblia salga despedida de su estante y caiga sobre el animal. Luego ladridos, gemidos, aullidos. Con esto ya he dicho los libros que leo.