La calle baja hasta la muralla. No es una de esas con acceso al exterior que transitan todo tipo de personas y que están siempre peripuestas, las más de las veces, que diría Don Miguel, con bullicio; y siempre siempre, con el gozoso alborozo y el descarrilado correr de los niños hasta la escuela. Es una calle del montón, como mi prima Nieves que ni era fea ni era guapa, una muchacha corriente, de andar por casa; una calle, en fin, de poco más de tres metros de ancho que une la Plazoleta del Caballo con la posada de la Trolla. Una calle a la que se asomaban y se asoman viviendas de gente de recursos limitados, casas de labradores sin tierra, de sastres de tres al cuarto que nunca han cosido un frac, de panaderos de por la mañana y zapateros de por la tarde, de lecheros a destajo, solo en los días de entre semana, que los sábados y domingos las sagradas vacas lecheras descansan; de maestros ciegos que pintan sobre la tela de los calcetines abandonados paisajes imposibles de mundos perdidos en el pasado heroico, al de los primeros ancestros me refiero. Una calle que huele a especias y que nada tiene que envidiar la plaza de Rahba Kedima, en Marrakech, con lámparas de aceite a lo Aladino que ya quisieran en el Zoco de Laksour, con gazpachos calientes en tinajas de barro, sin tapa y con moscas, o tiendas de frutos secos al estilo Kchacha. La calle es la Autoridad que se interpone entre el caballo de bronce en posición rampante, que desde dentro de la fuente mira a todos con la soberbia de saberse admirado, sito en la plaza del mismo nombre, y la posada de la Trolla, antro de leyenda en el que, a poco que uno sepa ver, puede admirar el desgastado parche en el ojo del pirata pata de palo, el loro hablador, e incluso contratar los servicios de la hechicera Lamen, la que no podía olvidar y le hacía teatro de títeres al mundo con las sombras de los juguetes del olvido, y conocer si el futuro se va a parecer algo a lo que uno quisiera. Del Holandés Errante, nada se sabe; solo que partió hace ya más de una década para los mares del sur en busca de la perla orlada en nata de Siracusa.