Hoy me ratifico y os confirmo que yo no vi esqueleto alguno vestido con una túnica negra, guadaña en mano. Sí recuerdo el rostro de mi esposa, ¡hay Alina de mi alma!, mi rostro amado, el mismo rostro de niña que en sueños se me aparece cada noche desde hace más de una década, desencajado por el dolor, con la empolvada palidez de quien ya no es de este mundo. Y aquella mirada de incredulidad en sus ojos - esto no me puede estar pasando a mí, parecían decir -, aquella mirada tendida sobre el cercano, cierto y próximo horizonte del techo de la habitación, de nuestra habitación, de nuestro reducto de amor conyugal, como si estuviera viendo algo o a alguien espantoso inalcanzable para mí. Luego todo fue muy deprisa, todo como en una vieja película de cine mudo: solo ver pasar imágenes, imágenes, imágenes. Los médicos dijeron que había padecido una hemorragia cerebral bestial, que la rama interna de ambas carótidas habían colapsado y por ende que el cerebro se había encharcado por completo; y que cuando llegó a la Unidad de Cuidados Intensivos ya nada pudieron hacer por ella. Y Alina murió, y con ella todos los castillos que habíamos levantado se derrumbaron, de pronto, envueltos en el polvo del terremoto invisible de la muerte. Treinta y tres años de felicidad quedaron atrás, en el inmóvil y imperturbable pasado, encerrados en la fría celda de lo que fue y ya nunca más será. Solo quedó el espacio vacío de su ausencia a mi lado. Hoy, tres días después del que pudiera haber sido de su octogésimo noveno cumpleaños, la soledad, homónimo de la muerte sin duda, sigue aquí, en mi alma, en este mi corazón de oso de trapo roto de amor.