El amor, hoy, es otra cosa. Desde que Alina se llevó las llaves del cuarto del utillaje y con ellas la posibilidad de desvestirse adecuadamente para un evento de tan magnífica importancia, todo intento de desatar las pasiones resulta cuando menos complicado - botón que no se desabrocha con soltura o que simplemente se niega a desabrocharse, camisa que no cae por sí sola, que se queda en el aire como sin gravedad, como pasmada ante la danza de cortejo del macho de la libélula ( esto le encantará a Lola Libélula ), pantalón que se deshilacha en estado febril o que se deja teñir con tinta de calamar o aceite de freír lubina sin que nada ni nadie parezca tener la culpa… -, y, a veces, hasta infructuoso. Porque no es lo mismo cuando uno recibe apoyo y estímulo, un apoyo asentado en la confianza y en el mutuo acuerdo, un estímulo por ejemplo como de susurros entrecortados en la noche, que cuando uno lo tiene que hacer todo, acariciar todo, besar todo, lamer todo, pensar todo. No es lo mismo El Amor que el amor. Son como las dos caras de una moneda. Ambas formar parte del todo y son necesarias para que El Todo sea lo que tiene que ser, pero no se conocen, cada cual mirando a su antípoda. Así el amor de hoy: un corazón que mira la escena y no encuentra el hilo de los acontecimientos, como si de una representación teatral de Beckett se tratara. Todavía recuerdo que la cantante calva, ni era cantante, ni era calva, era una sesión de los “Martes de Teatro de la Alianza Francesa”, en Oviedo, en mil novecientos setenta y cuatro, cuando yo era estudiante, y llevaba barba y melena hasta la cintura.
