Para un día como hoy vivía el enamorado de la lluvia, Fede, el niño bueno que no quería que mamá se enfadara con él y que lloraba en la oscuridad de su cuarto, en la siesta, anhelando verla. Le gustaba estar en la cama, a lo calentito, en tanto que afuera el mundo se iba limpiando de tanto aire contaminado y tanta tierra en suspensión. Son las siete y catorce minutos de la mañana de este trece de noviembre, jueves. Es de noche todavía. Y llueve. Y el tamborileo del agua en los canalones de plástico del patio interior es lo suficientemente fuerte como para despertar a cualquiera. Y la bombilla de la sala de cine en casa, una de casquillo E14, se ha fundido. He buscado por toda las estancias y no tengo ninguna de repuesto, así que habrá que comprarla, coger el coche, arriesgarse a salir al mundo de la carretera. Esto tiene vivir en un pueblo de menos de doscientos habitantes, que no hay nada, y que para casi todo tiene uno que ir al de al lado que es más grande y tiene catedral, una plaza con estatua ecuestre que recuerda las migraciones al Nuevo Mundo, y un magistral alto y delgado, de nariz romana y frente despejada, del que todas las beatas, en lo más escondido de sus corazones desde luego, andan un poco enamoradas; que no se llama Fermín de Pas, como el de la heroica ciudad de Oviedo, pero sí da unas prédicas que ya querría el mismo obispo para sí. Aquí solo la iglesia románica y sus soportales cerrados con mallas de portería de fútbol, que los muchachos se meten a jugar en él y lo llenan todo de cáscaras de pipas y cacahuete. Me sigue doliendo la cabeza y las articulaciones, por la gripe que voy mal sobrellevando. Tengo una pastilla antitusiva en la boca. Estoy en pijama, y oigo al lluvia al otro lado de la ventana, como Fede, como el niño del cuento que me premiaron cuando tenía dieciocho años. Aún recuerdo aquella primera vez que mi nombre salió en los periódicos regionales, y yo me sentí escritor, hace ya de esto medio siglo. ¡Cómo pasa el tiempo!
