Llueve sobre Santa de la Sierra, una lluvia calabobos subida de tono que rápidamente te empapa la ropa. He llegado a casa del paseo matinal con Nela como si hubiera metido la cabeza bajo la ducha, la ropa impregnada de la fría oscuridad del agua: estaba todo el cielo revuelto, mil tonos de gris y blanco, cortinas del líquido elementos en el horizonte y sobre la falda de la montaña. Llueve también aquí adentro, en este desconocido cuarto oscuro y punto de origen de la consciencia, una lluvia de puré de guisantes detenida en el tiempo de los amores no consumados que se queda pegada en el borde del plato del alma, y se seca, y se endurece, y finalmente se pudre para ser el alimento de las enormes moscas de alas azules. Es otoño, ocre, verde y dorado, y llueven lágrimas desde las incontenibles nubes del llanto, con ese nueve por ciento de punto de sal característico que nos reseca los labios. Pero nadie se asombra, nadie oye el lento y lastimero gemido que se eleva hasta los cielos. Todo sigue como si nada hubiera ocurrido, como si un amor apasionado no hubiera muerto, como si el equilibrio necesario para la vida fuera cosa del desconocido prójimo, de los otros.