Hola, todavía me llamo Nela de Santiago, tal y como me puso mi último dueño. Puede parecer un nombre pretencioso, que llevar la preposición de delante del apellido es cosa de gente de alcurnia; pero una es tan poquita cosa que ni siquiera tiene derecho a decidir cómo quiere que le llame la gente. Estoy otra vez de vuelta en la perrera, esta es la segunda vez que me dejan a mi suerte, en una celda que comparto con un chucho de los bajos fondos, un macho mal encarado y tuerto que no hace otra cosa que gruñir y gruñir, como si con ello pudiera arreglarlo todo, a la espera de una nueva adopción. Soy una podenca española de cinco años y mi experiencia con los humanos no ha sido del todo satisfactoria. No sé, a lo mejor es que yo le pido mucho a la vida, pero me gustaría tener una familia estable con la que compartir el resto de mis días. Y no pienses mal, querido lector, que te veo venir. Ni Alicia Giménez Beltrán, la docente octogenaria que me dio el biberón y me cuidó como una reina hasta que no pudo más, ni Fernando Lambrusco Falcó, que a punto está de entrar en la séptima decena de edad, son malas personas. Las malas personas no adoptan perros, que para ello hay que tener un tanto muy grande de empatía como mínimo, o un corazón enamorado, que es el caso de Fernando. Pero dejémonos de conjeturas y centrémonos en el asunto de este escrito. Nando, que así le llaman los otros humanos, es un hombre cariñoso que no desdeña la sonrisa y que puede llegar hasta la carcajada, siendo él como es una persona tendente a la melancolía. Me tomaba en brazos como si fuera su bebé, me acariciaba la panza y me contaba todas sus penas. En los cuatro meses que he convivido con él, le he visto llorar más de una vez, y le he oído santiguarse, y rezar, y pedir incluso por los que menos aprecio le tienen, que enemigos no le conozco. Es una persona que se ve que ha vivido una vida buena y que ahora anda un poco descolocado. Sufro por él porque se siente muy solo. Ojalá que la vida le sea propicia y encuentre lo que yo también busco: una familia llena de amor en la que poder ser feliz.

 

Lo primero que hizo Bernardo nada más traspasar la puerta de entrada al convento que utilizaba el común de los mortales para el trato con los monjes, la de doble hoja de la iglesia conventual solo se abría en contadas y excepcionales ocasiones, que entonces estaba en la fachada este y que tras un pequeño rellano se abría por un lado al despacho del pan y por otro a los talleres de herrería y carpintería, fue apropiarse de tres celdas contiguas en la primera planta, una para disfrute personal y puesto de mando, otra para el descanso de sus hombres, y una última como caja fuerte para el Lignum Crucis, las tres pegadas a la pared de la iglesia conventual, todas ellas con una única puerta con cerradura de vuelta y media y un ventanuco cara a la sierra por el que apenas pasaba la luz del día. La reliquia se introdujo en un arcón anclado a la pared con correas de piel de vaca y se introdujo en él ropa de cama y otros objetos religiosos de aparente valor como distracción. Ambas llaves, la del arcón y la de la puerta de la celda-caja-fuerte estaban siempre en manos de Bernardo. Además puso centinela armado veinticuatro horas, y todos los días se hacían tres inspecciones oculares de la estancia y del contenido del interior del cofre, siempre en horario dispar por aquello de que la mejor seguridad es la imprevisibilidad. A las diez de la mañana, tras presentar sus credenciales eclesiásticas a la familia de los Chaves, los señores de la tierra, bajó al ayuntamiento y le pidió al alcalde, trabuco en mano, que debía relegar de sus funciones a los guardas del pueblo y ponerlos a su disposición. No hubo problema alguno, que los títeres de paja tienen esas cosas; tampoco cuando declaró la ley marcial y emitió un bando en el que se impedía a cualquier alma moverse por el pueblo entre la puesta de sol y el amanecer. Mi abuelo Juan Francisco contaba todas estas cosas con el corazón roto por la ira. Él era el guarda del pueblo, otras eran sus funciones, no un sayón de los malditos monjes, y menos un pistolero cualquiera a las órdenes de un desalmado como Bernardo Corto Pastora de quien se decía que no solo era guardaespaldas del obispo, que había canela entre ambos.

Es tarde de domingo. Son ya las seis y treinta y cuatro. Veo nubes negras en lo alto que el sol tiñe del color de la teja nueva. No hay ni un solo pájaro en las antenas, no como otras veces que hay tres o cuatro estorninos negros que en cuanto te ven saltan a lugar seguro, a esos escondidos refugios de las aves de los que nadie sabe. Las golondrinas hace ya tiempo que abandonaron su vuelo rasante sobre los canalones del patio interior. El silencio es absoluto, ni siquiera en lontananza el ruido de fondo de otras veces, el de los motores de los coches de los domingueros volviendo a la capital. 


Acaban de dar las siete en el reloj de la iglesia y ya es de noche. Enciendo la bombilla para poder ver el teclado del ordenador en el que escribo. Cargo todo el día con dolor en la zona occipital, como si llevara una diadema muy apretada, un dolor que ni los dos analgésicos de un gramo que me he tomado pueden aliviar. La sensación es la del escozor de un hilo de cobre candente. Estoy vacío, toda el agua de la vida se me ha ido tubería abajo, hacia la laguna de las aguas fecales del alma. Ya no puedo acariciar la suave piel de Nela - es incomprensible que la sola presencia de un animal te reconforte tanto - y decirle que papi está ahora como “Théo Sarapo, el oso de trapo que amaba a una diosa”, que dice la canción. Como él tras la muerte de Édith Piaf estoy sí, sumido en la melancolía, como cuando murió mi Elena, ella también tenía veinte años más que yo, en este cuarto de tristeza profunda, atado a la nostalgia y al recuerdo, en esta desgana y apatía por todo. Ninguna de las películas ni series del servicio de streaming que tengo contratado me distrae, nada ni nadie hay en esta adversa hora que toca vivir. Bien sabía ella, mi diosa, que no puedo, no debo estar solo. Por eso me aconsejaba que cuando ya no estuviera que buscara otra mujer, que rehiciera mi vida, como si el amor verdadero y por ende la felicidad estuviera tendido al sol esperando que uno lo tome. Nada más lejos de la realidad.