Sal personal.

Sal de mi vida, que yo no estoy enamorada de ti”, dijo mi pareja con ese timbre de voz propio de una orden militar. Y se quedó inmóvil, mirándome fijamente a los ojos, con una dicción instalada en el asco innegable, como si estuviera soportando la visión de una cucaracha pasearse a sus anchas por la rebanada de pan untada de mermelada para el desayuno, la mano izquierda en jarra, la derecha señalando la puerta que da a la calle de la vivienda, el dedo índice extendido y rígido, imperativo, en el zaguán, bajo la lámpara de caña y papel: la bombilla apagada. Estaba en bata, las zapatillas de proa con cara de conejo, en los pies desnudos, el pelo revuelto tras una noche de insomnio, con unas ojeras vasculares bien marcadas. Bajo la bata y hasta las rodillas, un pantalón de pijama de fondo blanco salpicado con caritas en tonos de gris de Mickey Mouse. Yo no podía creer lo que pasaba. Noches atrás ella había venido a mi cama, desnudita del todo, buscando algo más que calor humano, con ese brillo inconfundible del apremio del deseo sexual barnizándole la mirada. Me había hecho el amor con la vehemencia de los que saben que van a morir: salvajemente. Luego me dijo “perdona, que solo pienso en mí”. Y volvió a su lecho, al otro lado de la casa. Esto de los amores contrariados es cosa muy personal.